lunes, 17 de octubre de 2011

NIÑOS TRATADOS DE ENFERMEDAD INEXISTENTE

                                                   

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Etiquetas psiquiátricas de trastornos inventados



Por ClearSantoDomingo »
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CCHR (Comisión Ciudadana de Derechos Humanos de España A.C.)

¡DESCUBRE LOS FRAUDES, ABUSOS Y VIOLACIONES COMETIDOS POR LA PSIQUIATRIA!

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AUMENTA EL NÚMERO DE NIÑOS TRATADOS DE UNA ENFERMEDAD INEXISTENTE: EL DÉFICIT DE ATENCIÓN E HIPERACTIVIDAD


La prescripción en España de fármacos inútiles y peligrosos a niños diagnosticados con Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad –una enfermedad inventada- es ya de tal calibre que hasta el Comité de Derechos del Niño de la ONU ha mostrado su preocupación. Lógico porque si bien el Ministerio de Sanidad español carece de datos globales un estudio realizado por la Consejería de Sanidad del País Vasco indica que el consumo allí de metilfenidato –principio activo de Ritalin, Rubifén y Concerta, fármacos con graves efectos secundarios- se ha multiplicado por 18 entre 2001 y 2007. Y sigue aumentando. Lo vergonzoso es que según este trabajo son los pediatras y no los psiquiatras quienes más aconsejan consumirlos. A pesar de que el mismo psiquiatra que presidió el grupo de trabajo que la definió en su día como “enfermedad mental”, Allen Francis, entiende que la cantidad de casos que se están diagnosticando no se justifica en absoluto.


¿Qué es el Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) que a tantos niños se les está hoy diagnosticando en el mundo? Pues todo indica que el invento de unos iluminados. De esos que en su día decidieron incluirla como “trastorno” en la “biblia de la salud mental”, es decir, en el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM), junto a toda una serie de comportamientos infantiles que pasaron a considerar “anómalos” convirtiéndolos en “enfermedades” que tratar con fármacos. Solo que como ocurre siempre que uno se inventa una enfermedad los criterios médicos sobre quién padece esa patología que no existe han llevado a que los propios médicos a los que se les ha dicho cómo “identificarla” y “tratarla” tengan ya tantas dudas que ni ellos mismos se aclaran. De ahí que los datos sobre el número de niños “enfermos”, sobre cómo se tratan o deberían tratarse y cuál es la “eficacia terapéutica” de los fármacos que se les hace absurdamente ingerir sean inexistentes.


Sólo hay dos certezas: la primera, que el poderoso marketing de las compañías farmacéuticas -con el impagable apoyo de los medios de comunicación de masas que ellas mismas controlan directa o indirectamente- ha convertido el TDAH en una auténtica “epidemia” que se filtra ya por las paredes de los colegios y las casas estigmatizando injusta y lamentablemente a cada vez más niños. Y la segunda, que el crecimiento imparable de niños diagnosticados de esa inexistente patología ha llevado al aumento constante del consumo de psicofármacos causando graves problemas –por sus brutales efectos secundarios- a infinidad de ellos. Con la ingenua complicidad de unos padres a los que se está engañando miserablemente.


Bueno, pues en nuestro país es tan grave el problema que en el último trimestre del pasado 2010 el Comité de Derechos del Niño de la Organización de Naciones Unidas (ONU) manifestó expresamente su preocupación por la hipermedicación a la que se está sometiendo a los niños españoles en edad escolar en el escrito de respuesta a la denuncia que en ese sentido presentó la Comisión Ciudadanade Derechos Humanos (CCDH). El escrito del Comité de Derechos del Niño dice textualmente “preocupa que los problemas de la alta prevalencia de trastornos emocionales y psicosociales no se hayan abordado adecuadamente. El Comité también expresa su preocupación por la información que indica el aumento, en tan corto período de tiempo de la prescripción de psicoestimulantes a niños diagnosticados de TDAH. El Comité recomienda al estado parte (España) que examine cuidadosamente el fenómeno de la sobreprescripción de medicamentos a niños y adopte iniciativas para proporcionar a los niños diagnosticados con TDAHy otros trastornos del comportamiento así como a sus padres y maestros acceso a la amplia gama de tratamientos y medidas educativas y psicológicas existente”.


Y es que dado el silencio cómplice de nuestras autoridades sanitarias y médicas ante lo que está ocurriendo la CCDH decidió llevar el problema a la ONU mediante un escrito de denuncia en el que entre otras muchas cosas se decía: “La actividad de diagnosticar y tratar a niños etiquetados con el TDAH se ha convertido en un gran negocio para la industria farmacéutica y los psiquiatras infantiles y está creciendo rápidamente. Los psiquiatras han estimado que el 75% de los niños que se dice que sufren de TDAH en España se quedan sin diagnosticar lo que significa, en otras palabras, que cientos de miles de niños puedan posiblemente ser medicados en un esfuerzo por manejar o controlar su atención, su comportamiento o su nivel de actividad en el futuro. Y esto está ocurriendo a pesar de que los estudios científicos internacionales concluyen claramente que existe falta de evidencia de que el metilfenidato y otros fármacos utilizados tengan efectos positivos en relación con la mejora del rendimiento escolar o las habilidades sociales mientras pueden tener efectos secundarios muy graves, incluso creando adicción. Los derechos de los niños están siendo violados o descuidados. La CCDH está preocupada específicamente sobre las infracciones de la Convención sobre los Derechos del Niñoen su artículo 24, sección 1, donde se dice que los Estados Parte ‘reconocen el derecho del niño al disfrute del más alto nivel posible de salud y a servicios para el tratamiento de enfermedades y rehabilitación de la salud’”.


En suma, a día de hoy nadie medianamente informado duda de que la principal razón de la existencia de esta “epidemia” fue la introducción como “enfermedad mental” en el manual de diagnóstico de la Asociación PsiquiátricaAmericana de una serie de reiterados “comportamientos infantiles anómalos” que se agruparon bajo el epígrafe de TDAH y supuso el banderazo de salida para que las compañías farmacéuticas pusieran en el mercado sus “soluciones” farmacológicas, la primera de las cuales fue el metilfenidato. Como nadie independiente duda tampoco de que la rápida expansión del número de casos y de las multimillonarias ventas de ese fármaco se produjo porque los médicos estadounidenses –además de los laboratorios- empezaron a obtener pingües beneficios con ello. Obviamente como en el ámbito sanitario todo lo que se hace en Estados Unidos se copia de inmediato el número de “niños enfermos” se disparó igualmente de pronto en todo el mundo y los fármacos se empezaron a vender como rosquillas. Fue así como una enfermedad inventada pasó de no existir a ser de pronto sufrida por millones de niños. Obviamente porque forma parte de esa infame estrategia de la gran industria que es repetir hasta la náusea -no ya en esta patología sino en muchas otras- que hay miles de personas que padecen enfermedades sin saberlo y requieren ser medicadas.¿O acaso no es ya una cantinela que repiten hasta la saciedad todos los médicos al hablar de la patología de la que son “expertos” lo de que “hay muchas más personas que padecen esta enfermedad –la que sea-pero no lo saben”. Y lo grave es que la mayoría se cree esa patraña.

TODO COMPORTAMIENTO NO BORREGUIL SE CALIFICA DE ENFERMEDAD

La Guía de Práctica Clínica sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) en Niños y Adolescentesdel Ministerio de Sanidad español la considera “un trastorno de inicio en la infancia que comprende un patrón persistente de conductas de desatención, hiperactividad e impulsividad. Se considera que el trastorno está presente cuando estas conductas tienen mayor frecuencia e intensidad de lo que es habitual según la edad y el desarrollo de la persona, y tales manifestaciones interfieren de forma significativa en el rendimiento escolar o laboral y en sus actividades cotidianas”. Es decir, una definición absurda que ha terminado llevando a que hoy se considere niño “enfermo” de TDAH a todo aquel que de forma reiterada no presta en clase atención suficiente, no se concentra en los detalles o comete errores por descuido, al que es habitualmente sucio y descuidado, al que tiene dificultad para estar atento en las actividades laborales o lúdicas o no parece escuchar cuando habla el maestro, al que no hace o completa los deberes, al que se mueve inquieto en la silla o se levanta a menudo cuando debe estar sentado, al que corra o salte en exceso, al que tenga dificultades para jugar, al que hable excesivamente, al que interrumpa las conversaciones de otros... Y así un sinfín de comportamientos infantiles absolutamente normales y naturales más… salvo que uno crea en serio que los niños deben comportarse siempre como adultos de pequeño tamaño domesticados, sumisos y obedientes.


El esperpento es ya tal que siendo ya cientos de miles de niños los hipermedicados hasta el Dr. Allen Francis –presidente del Grupo de Trabajo que creó el DSM-IV en el que se definió el TDAH– se ha visto obligado a escribir en Los Angeles Time –en marzo del 2010- con motivo de la publicación del borrador del DSM-V que entrará en vigor en el 2013 un artículo titulado El último DSM de la Psiquiatría va demasiado lejos en la creación de nuevos trastornos mentales. Y sus primeras palabras deberían helar la sangre de quienes manejan con alegría el fácil recurso al TDAH para explicar ciertos comportamientos infantiles. “Como presidente del grupo de trabajo que creó el actual Manual de Diagnóstico y Estadística de los Trastornos Mentales (DSM-IV) que salió en 1994 –reconoce en ese texto- aprendí de una experiencia dolorosa cómo pequeños cambios en la definición de los trastornos mentales pueden crear enormes consecuencias no deseadas. Nuestro grupo se esforzó por ser conservador y cuidadoso pero contribuyó inadvertidamente a tres falsas epidemias: el Trastorno por Déficit de Atención, el Autismo y el Trastorno Bipolar en la infancia. Nuestrared fue claramente demasiado lejos y capturó a muchos ‘pacientes’ que podrían haber estado mucho mejor si no hubieran entrado en el sistema de salud mental(las negritas son nuestras).


Tómese el lector un minuto para volver a leer y reflexionar: el propio presidente del grupo de trabajo que decidió porque sí -sin razones objetivas- crear una “enfermedad mental” llamada TDAH para la que se están utilizando psicofármacos en numerosos niños de todo el mundo afirma ahora que el brutal aumento de casos es claramente una “falsa epidemia” y reconoce que los niños atendidos hubieran estado mucho mejor si no hubieran entrado nunca en el sistema de salud mental. Es decir, cientos de miles de niños -algunos desde los seis años e incluso antes- fueron estigmatizados con una falsa enfermedad y drogados con fármacos cuyo principio activo está incluido por la agencia antidroga norteamericana en la misma lista de peligrosidad y adicción que la cocaína y las anfetaminas. Sugiero al lector para ampliar lo hasta ahora dicho que lea en nuestra web –www.dsalud.com- los artículos El metilfenidato, fármaco con el que se trata la hiperactividad, es una droga adictiva e inútil que además incita al suicidio (aparecido en el nº 80), Recetar a niños con hiperactividad metilfenidato (Rubifen) no se justifica (publicado en el nº 84) y Juan Pundik: "No podemos consentir que se medicalice a los niños" (aparecido en el nº 104).

UN SINSENTIDO

Lo singular es que según se recoge en la Guía de Práctica Clínica del Ministerio de Sanidad el TDAH representa “un problema de salud pública” debido a su “elevada prevalencia” que estima ¡entre un 3 y un 7% de la población escolar! (dato que es por cierto una extrapolación de las cifras de otros países porque la realidad es que en España no se tienen datos fiables ni de esta inexistente patología ni de casi ninguna otra). Para entender el nulo nivel de certeza que a nivel oficial hay sobre el TDAH –y dado que nuestros dirigentes político-sanitarios son capaces de tirarse a una piscina sin agua porque no son ellos los que ingieren el metilfenidato- conviene leer el siguiente extracto del documento del propio Ministerio de Sanidad español: “No hay acuerdoen nuestro medio acerca de qué instrumentos hay que utilizar para la evaluación de niños con posible TDAH;también existe controversia sobre los criterios que se deben emplear para su diagnóstico. Estas dificultades en la detección, el proceso diagnóstico y la metodología originan amplias variaciones (geográficas y demográficas) lo que conduce a un infradiagnóstico o sobrediagnóstico del TDAH. No existen marcadores biológicos que nos permitan diagnosticar el TDAH, por lo que el diagnóstico es clínico. Los instrumentos que se utilizan habitualmente para la evaluación de los niños, en quienes se sospecha el trastorno,no siempre han sido validados en la población española. En lo que respecta a las opciones terapéuticas con fármacos existe controversia acerca de si usar o no estimulantes como primera elección, si la eficacia persiste en los tratamientos de más de 12 semanas de duración y si es recomendable suspender la medicación durante los períodos vacacionales o fines de semana así como la duración del tratamiento farmacológico. En cuanto al tratamiento psicosocial los datos soncontradictorios respecto a la eficacia, la duración y la generalización de los resultados. Tampoco hay consenso sobre cómo medir la respuesta terapéutica, los efectos secundarios del tratamiento y la frecuencia de visitas de seguimiento” (las negritas y subrayados son nuestros).
En cuatro palabras: NO TIENEN NI IDEA.


Y sin embargo, a pesar de todo ello, basándose en estudios previamente escogidos e ignorando otros -que no les interesa ni que se conozcan- deciden ¡recomendar dos fármacos!, el metilfenidato -que se comercializa como Rubifén yConcerta en España y como Ritalin o Ritalina en otros países- y la atomoxetina –un neurotóxico peligroso quese comercializa como Strattera- para tratar esta inexistente enfermedad. Y los recomiendan reconociendo que desconocen el “mecanismo de acción” por el que se supone “reducen” los síntomas” del TDAH. Un auténtico sinsentido, especialmente si recordamos algunos de los efectos adversos de ambos medicamentos.


En el caso del metilfenidato -según recoge la propia ficha técnica- los más frecuentes son pérdida de apetito y peso, insomnio, ansiedad, inquietud, nerviosismo, cefaleas, estereotipias motoras, tics e incremento de la frecuencia cardíaca y de la presión arterial; y, aunque más raras, psicosis y manía. Es decir, nuestras propias autoridades sanitarias tratan de convencernos de que a un niño sano y lúcido que simplemente es inquieto o nervioso en lugar de sumiso y borreguil lo que hay que hacer es drogarle con fármacos que, entre otros efectos negativos, provocan inquietud, nerviosismo y ansiedad. ¿Alguien entiende tamaño dislate?


Es más, sobre el metilfenidato la Agencia Españolade Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) publicó una nota informativa en la que resaltaba la posible gravedad de sus efectos secundarios. “El metilfenidato –explicaba en ella-puede presentar efectos cardiovasculares (entre los que se encuentran incremento de la presión sanguínea y trastornos del ritmo cardiaco) por lo que se debe realizar un examen cardiovascular cuidadoso antes del inicio del tratamiento y un seguimiento durante el mismo. (…) Dado que el tratamiento con metilfenidato puede causar o exacerbar algunos trastornos psiquiátricos (como depresión, comportamiento suicida, hostilidad, psicosis y manía) se debe realizar un examen cuidadoso antes del tratamiento y un seguimiento regular a lo largo del mismo de los antecedentes y síntomas psiquiátricos que pudiera presentar el paciente” (las negritas son nuestras).


Y ahora, si es usted padre de un niño que está siendo tratado con metilfenidato pregúntese si ha sido correctamente informado de esos efectos secundarios y de que se recomienda realizar antes de su ingesta un examen cuidadoso. ¿Se lo hicieron a su hijo antes de iniciar el tratamiento? Porque, como luego explicaremos, lo habitual es que no se haga. Y en tal caso si su hijo tiene algún problema de salud no estará de más que vaya pensándose en llevar al médico que se lo recetó a los tribunales.

¿Y qué decir de los efectos adversos de la atomoxetina, segundo fármaco de referencia en el tratamiento del TDAH? Pues que provoca con frecuencia somnolencia, dolor abdominal, náuseas, vómitos, pérdida de apetito y peso, mareos, cansancio y aumento de la frecuencia cardíaca y de la presión arterial, a veces hepatotoxicidad y, de forma menos frecuente, comportamientos suicidas (intentos de suicidio e ideas de suicidio). ¡En niños! Sin comentarios. Hay pues que ser un padre muy ingenuo, muy ignorante o muy irresponsable para aceptar que a un hijo le den esa droga. Aunque se la ”recomiende” algún pediatra o psiquiatra igual de ingenuo, ignorante o irresponsable.

Aunque éste se escude en que a pesar de todo lo aquí dicho en ese monumento a la contradicción que es la Guía de Práctica Clínica se recomiende encarecidamente el tratamiento farmacológico. “¿Qué tratamientos farmacológicos son eficaces/efectivos? ¿Cuál es la seguridad de los tratamientos farmacológicos? -se pregunta retóricamente en él-.El metilfenidato y la atomoxetina son los fármacos recomendados en la actualidad para tratar el TDAH en niños y adolescentes por su eficacia y seguridad a las dosis recomendadas”. Una afirmación tan evidentemente falsacomo bochornosa.

¿A QUÉ JUEGAN LOS PEDIATRAS?

Y si sigue usted dudando lea el trabajo Evaluación de la situación asistencial y recomendaciones terapéuticas en el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad de los doctores Alberto Lasa –psiquiatra y jefe del Centro de Salud Mental Infanto-Juvenil de Uribe (Vizcaya)- y Cristina Jorquera -psicóloga del Servicio de Evaluación de Tecnologías Sanitarias (OSTEBA) del Departamento de Sanidad y Consumo del Gobierno Vasco- porque ambos han estudiado a fondo los datos, estudios y evidencias existentes sobre el problema a nivel nacional e internacional y el panorama que describen no difiere mucho del que hemos venido manteniendo en estas páginas. Tres de sus conclusiones merecen empero destacarse.

La primera es la confirmación de que estamos ante un grave problema en expansión. “La tendencia asistencial actual –escriben-apunta a una extensión creciente del tratamiento medicamentoso con psicoestimulantes que, dadas las elevadas y crecientes cifras de prescripción de metilfenidato, hace pensar en su utilización mayoritaria como respuesta terapéutica preferente o exclusiva. Esta generalización indiscriminada, que puede desatender las peculiaridades clínicas de muchos casos diagnosticados de TDA/H, se ve apoyada y favorecida por la difusión de la hipótesis, cuestionable, de que su causa es exclusivamente neurológica y determinada genéticamente y va en detrimento del criterio que acepta la multifactorialidad etiológica y la recomendación de considerar el abordaje farmacológico como parte, no siempre prioritaria ni imprescindible, de un tratamiento integral que debe incluir siempre otras medidas terapéuticas” (las negritas son nuestras). En suma, una conclusión que por sí sola avala la denuncia realizada por la CCDH ante la Comisión de Derechos del Niño de la ONU.

La segunda conclusión –importante- tiene que ver con la prescripción de los medicamentos y su seguimiento farmacológico: “Los datos apuntan a que en nuestro país no se están siguiendo las recomendaciones sanitarias más básicas y prudentes en cuanto a la prescripción de metilfenidato -como son las de la AEMPS- y a que se realizan prescripciones fuera de las indicaciones autorizadas (offlabel), extendidas ya en otros contextos como el americano”. Es decir, que el metilfenidato se está prescribiendo en otros cuadros diagnósticos como trastornos de conducta, disociales, de ansiedad, autismo o retraso mental. A lo que habría que añadir que según ambos autores casi un tercio de los niños diagnosticados con TDAH reciben además antipsicóticos, reguladores del humor, antidepresivos y otros.

Finalmente cabe resaltar la valoración que realizan de las evidencias actualmente existentes sobre la enfermedad y los tratamientos: “Se requiere –afirman- una lectura necesariamente crítica y contextualizada de la evidencia existente puesto que su calidad y objetividad es muy variable y está mediatiza por diferentes sesgos. Existen recomendaciones difundidas y aceptadas por parte de la comunidad médico-científica difíciles de suscribir por su falta de fundamentación en evidencias fiables y por su alejamiento de la experiencia clínica del profesional que conoce el desarrollo y funcionamiento psíquico del niño y del adolescente. En ocasiones el juicio clínico y la sensatez de la experiencia profesional deben prevalecer frente a evidencias científicas cuestionables”. Y es que no hay ninguna evidencia científica de que los presuntos problemas que dan lugar al diagnóstico de TDAH estén en un déficit de dopamina o se deba a trastornos genéticos. De hecho en los elementos diagnósticos de la clínica no se sugiere la realización de este tipo de pruebas físicas.

Lasa y Jorquera aportan además algunos datos bastante menos conocidos. Alguno de ellos sorprendente. Señalan por ejemplo que existe un sobrediagnóstico generalizado del TDAH y que tan sólo un 24 % de los casos se confirman cuando los niños pasan desde la Pediatría de Atención Primaria a los servicios de Salud Mental. “El simple dato –señalan - de que Salud Mental sólo confirma un 24% de los casos que consultan con ese motivo es bastante ilustrativo y mostraría que o existen muchos falsos positivos en diagnósticos y demandas generadas en Atención Primaria, el medio escolar y las propias familias o los criterios diagnósticos empleados en Salud Mental son mucho más restrictivos”.

En todo caso este estudio nos ha permitido enteramos de algo no muy conocido: el trascendental papel que están jugando los pediatras en la extensión del TDAH y la hipermedicación infantil. Porque, paradójicamente, resulta que hoy la mayoría de los psiquiatras y psicólogos de los Centros de Salud Mental consultados optan por un tratamiento psicoterapéutico –en lugar de farmacológico- acompañado de indicaciones o pautas para la familia en coordinación con el colegio.

Hemos podido comprobar en la encuesta –afirman los autores en su trabajo- que es patente la diferencia de opiniones respecto al uso de metilfenidato en uno y otro servicio: la mayoría de los pediatras (69%) está de acuerdo con la recomendación generalizada de emplear el metilfenidato como tratamiento de primera elección en el TDA/H (30%) o creen que debe usarse sistemáticamente pero asociado a otros tratamientos (39%) mientras que en el caso de los psiquiatras y psicólogos en un 49% opinan que su indicación es secundaria a otros tratamientos o que sólo debe indicarse como tratamiento de primera elección en ciertos casos (26%)”. Luego, ¡son los pediatras los que estén llevando el peso de la prescripción de metilfenidato!

La razón de tan buena acogida por parte de los pediatras no se da en el estudio pero todo indica que deben creerse todo lo que les dicen y no entienden… o no comprueban. Porque según el trabajo que comentamos el 42% cree que el TDAH lo provoca básicamente un problema bioquímico en el cerebro cuando el porcentaje de quienes piensan eso mismo entre los psicólogos y los psiquiatras es de sólo el 9%; el 80% de éstos opina que la causa es multifactorial. Quizás es que los pediatras no se han enterado aún de que no existe ni un solo marcador biológico que confirme sus suposiciones.

El hecho es –señalan Lasa y Jorquera- que los datos muestran que Pediatría receta hasta cuatro veces más que Psiquiatría. Teniendo en cuenta además que Psiquiatría engloba las edades infantiles y de adultos ya que no hay especialidad propia de psiquiatría infantil si se suma la prescripción de la medicina de familia vemos cómo por ejemplo en el 2007 desde Atención Primaria se recetó hasta seis veces más que desde Psiquiatría”.

¿El resultado? Un rápido crecimiento del consumo de metilfenidato -sobre todo a partir del 2004- con la entrada en el mercado español de Concerta (metilfenidato de liberación prolongada). De hecho si entre el 2001 y el 2004 la prescripción de metilfenidato en la Comunidad del País Vasco se multiplicó por tres del 2004 al 2007 se multiplicó ¡por 18! Pasando el gasto público de 8.648 euros a 890.848.

Ahora bien, que nadie se llame a engaño porque la responsabilidad de la actual hipermedicación es también de los padres. “La aceptación social del diagnóstico de TADH –afirman los ya citados autores- puede también comprenderse porque puede suponer un alivio para los padres así como para el niño pues permite dar una explicación a problemas de conducta y relación, de aprendizaje y de adaptación escolar, favoreciendo una atención terapéutica (médica, psicológica, pedagógica) necesaria que posibilita que el niño “inconstante, travieso, impulsivo y desobediente” deje de serlo para entrar en una categoría médica y pase de ser incomprendido o rechazado a ser ayudado. Esta atención es además cada vez más reclamada como un derecho legítimo por el entorno del niño que incluso pueden solicitar peticiones de discapacidad para obtener ayudas y recursos”. Sin comentarios.

Terminamos indicando que el exhaustivo análisis de Lasa y Jorquera recoge un dato que estremece: en España se emplea el metilfenidato ¡incluso en menores de 6 años!... pese a no estar indicado. Una prueba más de que en España los niños están desprotegidos.

QUÉ HACER ANTES DE MEDICAR

En todo caso si usted está preocupado porque en el colegio los profesores se han atrevido a insinuarle la posibilidad de que los ”problemas de comportamiento” de su hijo se deban a un TDAHademás de tener en cuenta lo que ya le hemos explicado debe entender que muchos de los síntomas que sufren estos niños se deben en realidad a problemas relacionados con la nutrición y/o el entorno emocional, lo que debe pues valorarse siempre antes de recurrir a un absurdo consumo de fármacos tan peligrosos como ineficaces. La doctora Estherde la Paz (www.ropaz.net), médica naturista, ha tenido por ejemplo la oportunidad de tratar algunos casos de presuntos niños “hiperactivos” y ha podido constatar que los síntomas de muchos de ellos se explican por razones sencillas: problemas psicoemocionales con los padres, profesores y amigos -tanto en el colegio como fuera de él-, una excesiva ingesta de azúcares y carbohidratos refinados, la intoxicación de sus organismos, posibles alergias o intolerancias, la presencia de parásitos y déficits nutricionales. De ahí que antes de medicar a un niño deba valorarse todo ello.

Los resultados de un abordaje natural –nos diría la doctora De la Paz- cuando no hay abandonos y se trabaja conjuntamente con psicólogos, pediatras, maestros y, sobre todo, con la familia permiten una evolución positiva que básicamente viene de la mano de una buena información familiar. No hay que olvidar que el tratamiento debe ser multidisciplinar y no solo médico”.

Para la doctora De la Paz es sobre todo fundamental hacer un estudio en profundidad de los hábitos alimentarios del niño con la consiguiente modificación y corrección de los mismos si bien como medidas generales aconseja retirarles a todos los lácteos, el gluten, los bisulfitos blanqueantes de la sal, los azúcares y todos los productos ricos en carbohidratos refinados así como los enlatados y todos aquellos que lleven aditivos -colorantes, espesantes, saborizantes, endulzantes…- ya que son causa de muchas de reacciones que luego se catalogan de hiperactividad. De ahí que aconseje hacerles pruebas de alergia e intolerancia para eliminar de su dieta todo lo que les siente mal. Otra de las valoraciones necesarias es la de averiguar si padecen algún déficit nutricional (vitaminas, minerales, enzimas, oligoelementos…), sobre todo de aminoácidos como el triptófano y la glutamina de especial incidencia en el rendimiento cerebral. Sin olvidar reforzar la dieta de los niños con suficientes ácidos grasos omega 3.

Cabe añadir que la doctora De la Paz se ha visto sorprendida por la gran cantidad de niños diagnosticados de TDAH que tenían parásitos intestinales -especialmente áscaris y cándidas intestinales- que hay que eliminar de inmediato para, a continuación, repoblar adecuadamente la flora intestinal.

Agregaremos que este tratamiento suele complementarse con una terapia del organismo mediante biorresonancia –con un Quantum-SCIO- y el uso de productos homeopáticos.

Ciertamente la guía clínica del Ministerio de Sanidad se refiere con escepticismo a este tipo de tratamientos “alternativos” pero una vez más habrá que recordar que –como dicen los doctores Lasa y Jorquera- “la calidad, objetividad y transparencia de la mayoría de las Guías de Práctica Clínica es muy inferior a la deseable para ser recomendables” y que, en cualquier caso, la falta de “evidencias científicas” de un producto o tratamiento no implica necesariamente falta de eficacia de los mismos sino, en general, que no ha habido iniciativas para financiarlos porque no son un buen “negocio”.

LA CCDH DENUNCIA LA HIPERMEDICACIÓN INFANTIL

De todo lo anteriormente expuesto y de la denuncia que presentaron ante el Comité de Derechos del Niño de la ONU para denunciar lo que está pasando hemos hablado con el presidente de la Comisión Ciudadanade Derechos Humanos (CCDH), Juanjo Melgarejo.

-Díganos, ¿qué deberían hacer a su juicio unos padres si algún maestro, pediatra, psicólogo o psiquiatra les dice que su hijo sufre TDAH y les recomienda ingerir psicofármacos?

-Cuestionarse seriamente el diagnóstico y, por supuesto, negarse a dar a sus hijos las drogas psicotrópicas que se suelen recetar en estos casos ya que estando en pleno desarrollo funcional, biológico y neuronal pueden sufrir efectos devastadores a corto y largo plazo. La propia Agencia Españoladel Medicamento reconoce que pueden causar nerviosismo, insomnio, psicosis, manía, incremento de la presión sanguínea, problemas cardiovasculares y un largo etcétera de efectos secundarios. Antes de recurrir a cualquier solución farmacológica se debe indagar siempre primero qué hace que un niño no atienda en clase o casa, no preste la debida atención, esté inquieto o nervioso, le cueste permanecer sentado mucho tiempo o manifieste a diario comportamientos impulsivos o demasiado vehementes. Normalmente cuando se estudia cada caso con tranquilidad y objetividad se acaba siempre hallando la causa. Y suele ser algo natural.

La desatención en la escuela por ejemplo puede ser causada por una dispersión natural en el aula cuando el profesor explica conceptos que el niño no capta o no comprende y, como respuesta, éste se siente frustrado y aparta o dispersa su atención por temor a no resolver su duda quedándose con lo que se denomina un concepto no entendido y un espacio en blanco en su mente. Hoy se sabe que la suma de “espacios en blanco” va creando un comportamiento cada vez más distante. Porque cuando un niño ve que los demás compañeros entienden bien lo que se les explica y él no, y eso se repite una y otra vez, termina aislándose pensando que es menos listo que ellos, diferente, e intenta disimularlo. Y no es más que uno de muchos ejemplos que podríamos poner.

Por otra parte no deberíamos olvidar que todos somos desatentos, impulsivos o hiperactivos en diversas fases y etapas de nuestra vida. Especialmente quienes se plantean de manera habitual si lo que se les dice es verdad o no en lugar de aceptarlo sin más de forma acrítica. Yo estoy seguro de que si cayera en manos de un psiquiatra me medicaría con seguridad para calmar mi “excesiva” actitud impulsiva y creativa.

-¿Y dónde se deberían empezar a buscar las causas de esos aparentes “problemas”?

-En el entorno familiar. Un ambiente familiar basado en la comprensión, comunicación y ayuda al niño es de primordial importancia. Los niños aprenden imitando y valorando lo que ven en su entorno. Así que si la madre grita habitualmente en casa él termina adquiriendo el hábito de gritar. Y si el padre es desatento él termina siendo desatento. Por otra parte, cuando no se presta la debida atención a sus problemas, necesidades o deseos -por muy infantiles o absurdos que a nosotros que parezcan- el niño buscará compensar ese déficit de atención… protestando, llorando, gritando o mostrándose inquieto y agresivo. En esta área en concreto los padres deben ser honestos y autocríticos y ver exactamente qué falla en su propio comportamiento, marcado a veces más de lo que desearían por el estrés familiar y laboral.

-En la guía clínica del ministerio no se concede prácticamente ningún valor a la alimentación. ¿Ustedes la consideran un factor primordial?

-Evidentemente. Es incomprensible y denunciable que desde los organismos sanitarios se obvie que una nutrición correcta es vital, muy especialmente en el caso de los más pequeños; en general y en el de los niños a los que se les diagnostica TADH. Un buen desayuno, por ejemplo, ayuda mucho a sobrellevar el día con estabilidad emocional, atención y vigor. Hay una tendencia general a proporcionar desayunos y meriendas basadas en carbohidratos refinados y azúcares –galletas, magdalenas, cereales industriales, bocadillos, etc.- con leche y/o cacao pero se trata de “alimentos” -muchos de ellos procesados y llenos de aditivos y grasas “trans”- que incrementan la desatención, la inquietud y el nerviosismo. Otra costumbre perniciosa es la de no darles suficientes frutas, verduras, legumbres y pescado , especialmente el azul por su riqueza en ácidos grasos esenciales omega 3, necesarios para la creación y estabilidad de la hormona dopamina. En fin, no siempre será la alimentación la causa fundamental de los comportamientos anómalos pero desde luego está demostrado que los déficits nutricionales pueden ser causa de reacciones físicas, emocionales y psíquicas no habituales de los niños.

-Sin olvidar que puede haber otros problemas no detectados a mero nivel físico...

-Cierto. La búsqueda de posibles trastornos físicos no detectados es fundamental. Un problema físico subyacente no detectado en un niño se puede malinterpretar como un trastorno de conducta. Pueden existir alergias o intolerancias, carencias vitamínicas o minerales, déficit de proteínas, parásitos, hongos, radiaciones electromagnéticas… En definitiva, alteraciones funcionales sistémicas que causen alteraciones conductuales inusuales o incorrectas. Hay que observar al niño, preguntarle si le duele o molesta algo y escuchar atentamente lo que nos dice. Y aplicar un examen médico exhaustivo no psiquiátrico que pueda ayudarnos a determinar exactamente el origen del problema. Existen más alternativas pero las que le he mencionado son las básicas y funcionales.

-¿Son los padres responsables también de la hipermedicación de los niños?

-Sí. Porque son los que deberían asumir la responsabilidad directa examinando los efectos secundarios de los fármacos y cuestionar la medicación psiquiátrica. Son quienes tienen -o deberían tener- la última palabra. Todo padre tiene derecho a negarse a que a su hijo se le medique con drogas psicotrópicas adictivas.

Mire, nosotros creemos que la Psiquiatría, tal y como se ejerce hoy, no funciona. Es más, agrava los problemas mentales. Tanto para los niños medicados como para los adultos. La ayuda aparente que proporcionan no es sino un barniz engañoso que puede esconder efectos de pérdida de conciencia, memoria, habilidad y capacidad para abordar y solucionar problemas relacionados con la propia vida. Debilitan el estado de ánimo y no aportan ni una sola cura efectiva y perdurable. Es instructivo escuchar a las personas que aseguran que su vida mejoró con un tratamiento farmacológico porque no es difícil normalmente constatar que en la mayoría de los casos su aparente bienestar es ficticio y que único que los fármacos han hecho es convertirles en personas más dóciles y manejables además de más introvertidas.

-¿Existen pruebas de que la medicación mejora el rendimiento escolar?

-En Septiembre del 2005 la Universidad de Oregón (EEUU) publicó la última revisión científicamente válida de los tratamientos farmacológicos del TDAH con el título Informe Final: revisión de los tipos de fármacos usados en el tratamiento del TDAH que incluyó referencias a dosieres presentados por seis fabricantes farmacéuticos así como estudios previos. Pues bien, su conclusión fue que no existen evidencias de buena calidad científica que indiquen que el uso de medicamentos influya en los resultados relacionados con el rendimiento académico global, conductas arriesgadas, mejoras sociales, etc. Y en relación con los niños de Educación Primaria -de 6 a 12 años- no encontraron diferencias en los resultados académicos según señalaron los profesores o se desprendía de la proporción de niños repetidores, las clases de educación especial, etc. Según ese informe el tratamiento con metilfenidato no implica tampoco mejoría alguna en ese ámbito.

-En suma, ustedes afirman que se está hipermedicando de forma descontrolada comportamientos psicoemocionales naturales de los niños que muchas veces no son sino consecuencia de la crisis que las familias están viviendo…

-En efecto. Y más ahora porque la crisis económica actual y los desastres naturales que vive el planeta hacen que mucha gente fluctúe emocionalmente. Algunos medios de comunicación parecen haberse especializado de hecho en crear caos social. Hoy se sabe que las malas noticias deprimen psíquica y emocionalmente, eso descompensa el sistema endocrino y cuando la persona “lo ve todo negro” acaba recurriendo para evadirse al alcohol o a la droga y de ahí que muchos acepten medicarse psiquiátricamente. Porque cuando una persona ingiere ese tipo de fármacos pierde velocidad de pensamiento y concentración, se atonta y eso le permite sobrellevarlo “mejor” sin entender que esa estrategia terminará afectándole al cerebro y, por ende, a la razón y a sus ganas de vivir. Es más, se convierte en alguien que puede gobernarse con facilidad privándole de su libertad de acción y pensamiento y convirtiéndole en esclavo de las drogas. Cuando todos los problemas que nos surgen a diario pueden tratarse con una buena dosis de comunicación y comprensión. A las personas con graves y aparentemente irresolubles problemas se las debe ayudar con otras terapias buscando la raíz de los problemas. Una droga jamás reemplazará el diálogo con un buen profesional. Y esto es aplicable muy especialmente a los niños.

Antonio F. Muro


Inventando nuevas enfermedades
 

Muchos lectores lo ignoran pero numerosos comportamientos que hoy se consideran “normales” -o, como mucho, un poco “raros”- en dos años pasarán a ser considerados problemas mentales y quienes los padecen enfermos mentales. Y esto ocurrirá simplemente en cuanto sea oficialmente aprobado el conocido como DSM-V, es decir, el quinto y último Manual de Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales –la “biblia de los psiquiatras”-, algo que ocurrirá en el 2013. Lo que nadie esperaba es que fuera del propio seno del sistema de donde surgiría la primera voz de denuncia de los excesos que van a perpetrarse. Nos referimos a Allen Frances, exdirector del departamento de Psiquiatría de la Universidad de Duke (EEUU) y presidente del Grupo de Trabajo que creó el actual DSM-IV aparecido en 1994 quien hace unos meses escribió un artículo en Los Angeles Time alertando de la necesidad de salvar lo poco normal que aún queda.

El primer borrador de la próxima edición del DSM –escribió- está lleno de sugerencias que multiplican nuestros errores y amplían dramáticamente el alcance de la Psiquiatría penetrando aún más en el dominio cada vez más pequeño de lo normal. Esta imperialización médica al por mayor de la normalidad podría crear decenas de millones de inocentes que serían mal etiquetados con un trastorno mental. Para la industria farmacéutica supondría una fiesta a pesar de la falta de pruebas sólidas de que existan tratamientos eficaces para estos nuevos diagnósticos propuestos”.

La advertencia de Frances sobre lo que se nos puede venir encima estremece. Y no es para menos. Continúe el lector leyendo: “¿Cuáles son algunas de las invasiones más graves de la normalidad sugeridas por el DSM-V? –escribe Frances-. El ‘Trastorno por atracón’se define como un atracón por semana durante tres meses. Y yo mismo, junto al 6% de la población, reunimos los requisitos previstos. El ‘Trastorno Neurocognitivo Menor’ abarcará a mucha gente con problemas no mayores que los habituales de memoria que se esperan del envejecimiento. El duelo tras la pérdida de un ser querido con frecuencia podría ser malinterpretado como ‘Depresión mayor’.La ‘Ansiedad MixtaDepresiva’ se define por síntomas comunes difíciles de distinguir de los dolores emocionales de la vida cotidiana”.

La descripción de Frances continúa con los nuevos diagnósticos previstos: “El ‘Trastorno por Déficit de Atención’ será mucho más frecuente en adultos fomentando el uso desenfrenado de estimulantes para mejorar el rendimiento. El ‘Síndrome de Riesgo de Psicosis’ utilizará la presencia de pensamientos extraños para anticipar episodios psicóticos en toda regla. Sin embargo, la predicción será incorrecta al menos tres o cuatro veces por cada una que sea cierta y muchos adolescentes identificados erróneamente recibirán medicamentos que pueden causar un aumento de peso enorme, diabetes y menores esperanzas de vida. Una nueva categoría para problemas de temperamento podría terminar afectando a niños con rabietas normales. El ‘Trastorno del espectro autista’ probablemente se expandirá para abarcar todas las excentricidades. Los bebedores compulsivos serán etiquetados como adictos y los ‘comportamientos adictivos’ serán reconocidos como trastornos (¿La adicción a Internet está lejos de ser considerada un trastorno mental?)”. Y agrega: “La sección de trastornos sexuales es muy aventurera. El ‘Trastorno de hipersexualidad’ supondría una gran excusa para los galanteadores que desean ocultar la motivación de sus hazañas detrás de una excusa psiquiátrica. El ‘Trastorno parafílico coercitivo’ introduce la nueva y peligrosa idea de que los violadores merecen un diagnóstico de trastorno mental si sienten una excitación sexual especial durante la violación”.

Lo singular es que la causa de esta abusiva extensión de la “anormalidad” no la encuentra Frances en un intento de ganar dinero: “Los expertos –afirma- tienen una tendencia casi universal a ampliar sus trastornos favoritos. No, como se alega, a causa de los conflictos de intereses -por ejemplo para ayudar a las compañías farmacéuticas, crear nuevos clientes o aumentar la financiación de la investigación- sino más bien por un deseo genuino de evitar que les falten los pacientes apropiados de los que podrían beneficiarse. Por desgracia este celo terapéutico nos deja ciegos ante los grandes riesgos que conllevan el sobrediagnóstico y los tratamientos innecesarios”.

Vamos, que si tamaña estupidez la acepta la sociedad sin reaccionar pronto viviremos en el paraíso de las farmacéuticas, con psicofármacos para todos y ciudadanos dóciles y sumisos dispuestos a gastarse gran parte de lo que ganen en sus productos.

Visto en » Discovery DSalud »


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